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José Luis, hasta siempre, amigo

Por Julio Irazábal.

El Inmobiliario mes a mes llora la perdida reciente de uno de los suyos, muy querido por la redacción y por todos lectores que tuvieron la suerte de conocerle. El inmenso corazón de José Luis Fernández Liz dejó de latir el pasado 20 de mayo víctima de un agresivo cáncer que le cortó de cuajo su plácida jubilación en apenas dos años. Nacido en Lugo, José Luis hubiera cumplido 74 años el pasado 16 de junio. En el camino deja dos hijos: Delia y Adrián, y Lola, su mujer, miembro también del equipo fundacional de la revista, además de una larga legión de amistades en las diferentes facetas artísticas que cultivó este ‘gallego’ irrepetible.

José Luis ha sido un hombre fundamental para el devenir de los primeros 25 años de nuestra revista. Ustedes le recordarán como la persona que firmaba “El Trastero”, esa miscelánea sección donde en su tiempo libre recogía con su personal y cercana manera de escribir temas siempre novedosos e interesantes en la parte final de la publicación, pero para nosotros José Luis ha sido mucho más que todo eso. Fernández Liz fue ante todo la primera persona que apoyó sin fisuras el nacimiento y posterior consolidación de la revista hasta su despedida hace un año. Durante dos intensas décadas y media ha ejercido primero de amigo, luego de consejero editorial y, además, de periodista, fotógrafo y modelo profesional para las nuevas generaciones de plumillas. Casi nada.

Motero y rockero confeso, con un pasado deportista, este hombre de mente racional y fácil sonrisa pasó gran parte de su vida profesional dedicado a la docencia en diversos institutos de Enseñanza Media repartidos por toda la geografía española. Catedrático de Economía y licenciado en Periodismo, José Luis Fernández Liz vio en vida compensado todo su talento y se retiró siendo el director del prestigioso IES de Formación Profesional Clara del Rey de Madrid. Por lo que ahora vivía a caballo entre Madrid y Pontedeume, un municipio de la costa coruñesa de unos 5.000 habitantes donde pasaba largas temporadas confundido con sus sencillas gentes cultivando dos de las muchas aficiones que amaba por encima de todo: la escritura y la fotografía.

Bendecido por una curiosidad innata, José Luis se empapó de vida y de las buenas cosas de la tierra. Y fruto de ello nos deja un buen puñado de libros de viaje, escritos y diseñados con el sello personal de un autor comprometido con su tiempo. Así como un interesante archivo fotográfico producto del inmenso material fotográfico recopilado en sus periplos por medio mundo de los últimos lustros, que le servirían para las numerosas exposiciones itinerantes que ha montado por muchos pueblos y ciudades españolas. Unas sobre temas monográficos y otras que pellizcaban el corazón, como sobre la abnegada vida de las mujeres en continentes como África o Asia que inauguró recientemente.

Alejados del mundanal ruido, me llega nítida la imagen del otrora curtido motero paseando tranquilamente con su bici “porque el ejercicio físico le venía muy bien”, o disfratando de sus partidas al dominó con Lola Ramírez Escudero de compañera frente a su hermano Lalo y su cuñada Marga, o del mus conmigo de pareja contra Lola y nuestra amiga Chus. Además de sus puntuales incursiones con los pescadores de bajura de en ese bravo mar Cantábrico tan suyo, próximo a la Costa de la Muerte que tanto le relajaba mientras los suyos se afanaban en la pesca de la lubina debajo del puente.

Todavía tengo fresca en mi memoria el día que le conocí en la plaza Zocodover de Toledo a finales de los años 80. Con mostacho de la época y cabalgando sobre una moto de mediana cilindrada se me presentó como un periodista recién contratado por el editor de la revista Bisagra, que iniciaba como yo una nueva vida tras separarse de su primera mujer.

Desde entonces y hasta anteayer han sido múltiples las ocasiones en las que José Luis me ha hecho sentirme un privilegiado por gozar de su compañía, querido y con la autoestima alta. Ese era su don: hacernos sentir mejor persona de lo que somos. En su “Diario Fantástico para un viejo loco” escribió que “en algunas ocasiones, en medio de la fotografía, tenía la sensación de que estaba vivo”. Sin embargo, aun queriendo todo de él, me quedo con una frase que condensa su encriptado pensamiento: “Julio, en la vida hay que hacer lo que hay que hacer”. Palabra de gallego. Hasta siempre amigo. 

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