Reduflación residencial: ¿una amenaza real?

Por Arantxa Adrián, directora de Construcción en AQ Acentor.

Tapering primero, inflación después, estanflación como consecuencia y ahora reduflación. Llevamos meses leyendo especulaciones sobre los efectos de la retirada de estímulos en los mercados por parte de la Fed y el BCE. De cómo se produciría un contexto de inflación –que atravesamos– tras años de dopaje de nuestras economías.

Presenciando el debate sobre si se dan los elementos, con un PIB creciendo por debajo del pronóstico y con una tasa de paro sistémica, para conjugar el incremento de costes con una recesión. Ahora, para colmo, se ha viralizado la reduflación.

Solo hay que buscar ‘shrinkflation’ en Youtube para ver decenas de videos de personas con mucho fondo de despensa, en los que se demuestra que el papel higiénico –producto estrella de nuestra era– cuesta lo mismo y tiene menos capas que antes. En eso consiste la reduflación, en disminuir la capacidad del envoltorio y mantener el precio. Una tendencia elevada a la categoría de arte por parte de muchas empresas que ahora incorporan la variante de mantener la capacidad del envoltorio, pero reducir en la calidad del producto.

La reduflación ha sido denunciada por consumidores en un ejercicio de confirmar si les dan gato por liebre. Su aplicación se podría buscar en todos los productos y no limitarse a los que incluimos en la cesta de la compra. Por ello, los promotores residenciales tenemos que plantearnos: ¿merece la pena apostar por estrategias de maquillaje para garantizar la salida de nuestros productos en el mercado?

La idea de ‘mismo precio, menos producto’, tiene difícil salida en operaciones de compra que, muchas veces, suponen la más importante de una familia. Huelga decir que, por la misma razón, el ‘mismo precio, peor materia prima’ puede suponer, directamente, amartillar un clavo en el ataúd de nuestra reputación.

Sin atajos ni trampas, desde la construcción tenemos que buscar soluciones sostenibles para superar contextos adversos de una forma que no vaya contra las memorias de calidades. Sin trucos ni cartón, debemos encontrar alternativas que garanticen la calidad y durabilidad de las viviendas, sin renunciar a conceptos alineados con las nuevas formas de vida.

Con la máxima, ‘no tiremos el dinero’, buscamos evitar los incrementos de precios para el cliente final y optimizar los procesos, sin detrimento de las calidades o dimensiones de las viviendas. La receta es simple: implicación con las constructoras y demás proveedores, sumado a la búsqueda continua de eficiencias.

La implicación de proveedores en la fase de concepción de cada desarrollo ayuda a evitar recálculos o, por ejemplo, a contar con instalaciones en ‘las tripas’ del inmueble que optimicen su funcionalidad. Otro de los caballos de batalla es la aplicación de elementos industrializados que, en su mayoría, son igual –o más– eficientes que los métodos de construcción convencionales. Asimismo, atacan de frente a uno de los mayores factores que influyen en el incremento de los gastos de un proyecto inmobiliario: los costes de construcción. La aplicación de técnicas que reduzcan los plazos de ejecución de una promoción supone un ahorro que se reflejará en el precio de la vivienda.

En tiempos de cambio, salimos de nuestra zona de confort. Un ejemplo es en el estudio de nuevos materiales de construcción que igualen o mejoren las calidades de las viviendas. Un exponente, sería el uso de PVC en lugar de aluminio o acero –disparados tras la invasión rusa de Ucrania– para la carpintería con un resultado más eficiente e igual en términos de características técnicas. Asimismo, supone una oportunidad para la búsqueda de nuevas marcas de proveedores que, en igualdad de condiciones, pueden suponer un ahorro por cercanía o por tener una mayor disposición para la negociación de precios.

La reduflación, o cualquier otra estratagema marketiniana, para camuflar la repercusión de un incremento de costes en el cliente final, ya es una realidad en nuestra cesta de la compra. Un refugio cómodo al que acogerse, pero un atajo, en definitiva. Cuando hablamos de viviendas, lo hacemos del mayor desembolso –probablemente– en la vida de nuestros clientes. Lo hacemos de una solución habitacional para las necesidades de todos los perfiles. Ofrecemos más que unas lonchas de york o capas en el papel higiénico. Por ello, nos debemos a la eficiencia y optimización, frente a la trampa y el cartón.

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